Educación y problemas nacionales: violencia (2) - Gilberto Guevara Niebla | La Crónica de Hoy - Jalisco
Facebook Twitter Youtube Lunes 19 de Noviembre, 2018
Educación y problemas nacionales: violencia (2) | La Crónica de Hoy - Jalisco

Gilberto Guevara Niebla

Educación y problemas nacionales: violencia (2)

La violencia es un problema social que hay que combatir desde la escuela. Dar afecto a los alumnos –como señalé en una contribución anterior-- es parte de la misión docente; el trato frío, indiferente o desdeñoso hacia el alumno puede tener efectos nocivos para su desarrollo. Claro, el maestro no el padre de familia, pero en la escuela encarna su imagen substituta.

La frustración es madre de los caracteres violentos. La escuela debe combatirla. El fracaso en el aprendizaje es una de sus causas, por lo mismo, el docente debe actuar con extrema sutileza ante el no aprendizaje. Desde luego, la ciencia ha demostrado que los alumnos que no aprenden no lo hacen por su voluntad (no son “flojos” o “tontos” por naturaleza) y que en gran parte el no aprender se explica por los contextos culturales en los que vivió el niño en los años previos al ingreso a la escuela.

Pero el combate a la frustración no debe llevar al docente a asumir actitudes complacientes hacia el alumno. La exigencia de trabajo, disciplina, perseverancia debe ser la misma para todos los alumnos. Éstos deben comprender que el ser estudiante es un oficio que exige, sobre todo, esfuerzo.

La escuela debe ofrecer un ambiente amable y pacífico donde impere la libertad, la alegría y la inteligencia. La violencia entre estudiantes o entre maestros y alumnos bebe prohibirse, sancionarse y eliminarse de la escuela, lo cual obliga a promover valores como el diálogo, la empatía, la solidaridad y la paz y habilidades sociales que ayuden a una buena convivencia (saludar, escuchar con atención a los demás, responder amablemente, etc.)

La tarea del profesor es, de entrada, contribuir a la formación en cada alumno de un adecuado conocimiento de sí mismo, un auto-concepto positivo, una elevada autoestima, una actitud de empatía hacia los demás, la proclividad a desenvolver su vida con disciplina y orden, la actitud de respeto hacia la autoridad legítima, la disposición de respetar las reglas que rigen en las instituciones (la familia, la escuela, la comunidad, el Estado nacional).

Pero sobretodo el alumno debe aprender a vivir con base a reglas. Sabemos que el no respeto a las normas sociales conduce, a la larga, al cinismo, al desorden, a la anomia, a la inmoralidad y al socavamiento del orden social. Sin embargo, las normas le dan sentido y orden a la existencia. Quien se sustrae al respeto de las normas con argumentos ideológicos del tipo “las leyes son impuestas por los ricos y, por tanto, no son válidas” se adhiere consciente o inconscientemente a quienes buscan inducir el caos y el desorden.

Y la historia demuestra que en el caos y el desorden los ganadores son siempre los poderosos y no los humildes y desamparados. El orden democrático, donde las leyes son hechas por los representantes electos de la ciudadanía, es el único que puede permitir la acción política en favor de los pobres y de los desheredados. Respetar las normas no es sólo deber de los gobernantes, es sobre todo obligación de cada ciudadano que aspire a construir una sociedad justa.

El aprendizaje de las normas y su obediencia es tarea de la familia, pero lo es asimismo de la escuela. Desde preescolar los pequeños deben ser inducidos a hacerlo, pero dentro de una pedagogía acompañada de afecto y respeto mutuo. Ese aprendizaje debe continuar en la primaria. Cada docente está obligado, desde el primer día de clases, a acordar con sus alumnos las reglas que habrán de regir en el aula y, en el nivel de la escuela, es deseable que se elaboren reglamentos democráticos, con la participación de maestros y alumnos.

Los reglamentos escolares deben elaborarse sobre bases racionales, con total respeto por las diferencias de condición de los alumnos y por los derechos superiores de la infancia.

 

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