Opinión


Carlos Bustos

Carlos Bustos | La Crónica de Hoy

En estos días volví a releer “Fantásmica”, breve pero maravillosa colección de cuentos de nuestro querido Carlos Bustos.

El libro, que también puede leerse como una especie de novela secreta gracias a su personaje central y los diversos misterios que enfrenta a lo largo y ancho del planeta, se hizo merecedor en el año 2009 del Premio Nacional de Literatura “Gilberto Owen”.

Bajo la guía y experiencia del padre Bonaduchi Guardiana, teólogo e investigador de fenómenos paranormales al servicio del Vaticano, transcurren las páginas del que siempre y a la fecha me ha parecido uno de los libros más emblemáticos de Carlos: con una prosa certera y precisa, repleta de perturbadoras pero deliciosas imágenes, asistimos al rescate y recorrido de los terrores, clásicos y modernos, que puede ofrecernos el mundo.

            “Fantásmica” es, a la vez, catálogo y entrada poética a las obsesiones de un hombre que creció con un género como principal, indiscutible e infalible guía; escritor, maestro, editor, columnista y antologador, su quehacer literario respondió al descubrimiento, personal y hacia afuera, de esa realidad, otra, que al anochecer gusta de robar, aderezar y perturbar puntual nuestros sueños.

Y bajo ese mismo emblema, esa misma pulsión oscura de arca fantástica, el libro se convierte en un memorable refugio, un portal que salvaguarda para la posteridad leyendas y mitos: Guardiana, y por ende Carlos, fungen como un Noé para el lector; aquí y allá, lo desmenuzan sus páginas, hay sombras periféricas que, violentas, mortales o curiosas, se arrastran hasta nosotros provenientes de los más variados confines del mundo.

La modernidad, la presuntuosa ciencia, parece haberlas desplazado: exiliado, sí, a los cuentos, a las tradiciones ancestrales de Halloween o Día de Muertos hasta que su entrañable personaje, preso de una terrible maldición, de una visión que lo visita siempre silenciosa, aterriza desde un flamante helicóptero, brinca de una exclusiva limosina, y nos echa en cara el imperdonable descuido.

            Breves y encantadores, los relatos de Carlos retumban más allá del tiempo. Están ahí para recordarnos las abrumadoras delicias que encierra la noche: se hacen presentes y como bellas doncellas nos impulsan a confiar, bajar las manos y cerrar alegres los ojos…        

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