Cultura


EL RINCÓN DE LOS LIBROS: LA MIRADA DE LUCIA

Una travesía de vida que la llevó a habitar, lo mismo, las calles De Santiago de Chile que las playas de Yelapa, en México

EL RINCÓN DE LOS LIBROS: LA MIRADA DE LUCIA | La Crónica de Hoy

Su mirada es azul. Profunda y traviesa. En la cuarta de forros de sus aclamados libros que se consiguen en español de esta dama, de pelo corto. Dicha mirada esconde tres maridos. Otros tantos hijos. Una travesía de vida que la llevó a habitar, lo mismo, las calles De Santiago de Chile que las playas de Yelapa, en México, descalza y sonriente, que la calurosa pesadumbre de Albuquerque o el infinito hastío californiano.

Una colección de trabajos para sacar la vida adelante, de madre soltera, que abarcan desde el prestigio de enseñar letras hasta ser ayudante de enfermera, un breve periodo de “mula” que transporta narcóticos (nunca fue apresada, o quizás esa “chambita" sólo la inventó, para entrener a su variopintos amigos) o mujer de la limpieza.

“La Chacha”, que es tan cool en el clasista México, por generaciones de familias que emplean a jovencitas de Puebla o Oaxaca y entronizadas por los blanquinegros fotogramas de Alfonso Cuarón en su aclamada cinta Roma.

Se llamaba Lucia (LÚ-cia, porque su nombre, castellano de origen, se pronuncia en inglés) Berlin y, en sus ratos libres, buscando llevar comida a sus hijos y a un par de marido desobligados, alguien le dijo que escribir cuentos dejaba dinero en las revistas de Estados Unidos. Así que, al volver, de sus trabajos, en las noches, en cualquier lugar donde el sueño no la alcanzara, escribió y escribió relatos que reflejaban su realidad. Su eterna curiosidad por vivir. Y, sobre todo, las múltiples “Lucias” que tenía que representar para ganarse la vida.

Revistas de medio pelo literarias del este de su país la lanzaron al conocimiento de una clase media ávida de leer a mediados de los años 60. Mejor aún: Le dejaban dólares que ella atesoraba para seguir su vida, nómada y libre, educando hijos y trabajando de lo que fuera. Con el tiempo, la fama de escritora la alcanzaría, quién lo diría, y los prestigiosos The New Yorker, revista de relumbrón literario, o el suplemento dominical del The New York Times la volverían una leyenda entre una élite literaria. Nunca con el gran público lector.

Algo de esa fama la alcanzó tarde a principios de los años 80, pero nunca nadie la llamó una de las grandes narradoras, y, por ende, también feminista y original pluma de esa Norteamerica, profunda y poderosa, que se volvía luminosa en sus cuadernos de cuentos, que escribía con letra apretada y los ojos de color del mar. Antes de morir, recibiría el American Book Award, máximo galardón por un libro de relatos en 1991, “Homesick". Meses después, esos ojos azules. Inmensos. Se cerrarían y dejaría de narrar sus aventuras, vueltas fábulas literarias.

Dice de ella su hijo Mark, vagabundo por elección y que no recibe regalías de los libros de su madre por ser un homeless, en toda regla, que camina las calles de San Francisco, que “Lucia, bendita sea, era una rebelde y una mujer con un arte extraordinario; y, en su día, su vida era un baile”, en el prólogo de su segunda antología de sus narraciones, editada por Alfaguara, hace un par de años, y de sugestivo nombre, “Una Noche en el Paraíso”.

El otro gran libro de cuentos vio la luz hace en 2015, en el mismo sello editorial, llamado “Manual Para Mujeres de la Limpieza”, con compilado de sus poderosos relatos, editado por primera vez en lengua castellana, y con un tesoro oculto entre sus páginas para quienes no hacían caso al título, irónico y travieso, como era ella, y descubrían una deslumbrante cuentista que, entre líneas, escribía los derroteros de una vida digna de vivirse.

Al leerlo, descubrías que las damas de sus páginas eran, en esencia pura, como muchas mujeres, como ella misma, vaya; con el encargo amoroso de cuidar a sus hijos y ser fieles a su vocación, sin un hombre que apoye o estorbe, que toma camiones para ir a trabajar doble turno y aun llega a preparar, amorosa y cansada la cena, y más noche, con el acompasado ronquido de su tropa familiar, escribe lo que vivió en esa jornadas inmensas.

Escribir como vocación. Como pulso de vida.

Estos días, las librerías mexicanas se vuelven a llenar de su bello rostro y sus ojos azules, de infarto, con los apuntes finales, encontrados a los días que siguieron a su muerte, como una preparación de su hipotética biografía: el libro se llama “Bienvenida a Casa”, y, como epílogo inigualable para las reivindicaciones femeninas a principios de marzo, relata las aventuras de ser una mujer, con una voz propia, en un mundo, laboral y literario, hecho y deshecho por los varones.

Pero sobre todo en sus letras se descubre que Lucia Berlin es espejo. Ejemplo y, mejor aún, voz cristalina. Nos regala una narrativa imperiosa, libre, relajada, profunda y eternamente vívida.

¡Qué deleite hubiera sido que tuiteara sobre la realidad mexicana!

Sin necesidad de acogerse a la mendicidad o a programas sociales que, de entrada, en esta actualidad mexicana, le cerrarían las puertas o la secuestrarían, para silenciarla, no necesitó conferencias mañaneras para recibir validación a sus universos, tan íntimos y poderosos.

Y eso, vale la pena cada palabra que escribió “Lucha”, como la llamaban sus más cercanos, en español, idioma que tanto amó, también.

 

LAS ANTOLOGÍAS DE CUENTOS DE LUCIA SON:

"Manual de Mujeres para la Limpieza"

Editorial Alfaguara

2015

"Una Noche en el Paraíso"

Editorial Alfaguara

2018

Y SUS APUNTES BIOGRAFÍCOS:

“Bienvenida a Casa”

Editorial Alfaguara

2020

 

@emmanuelmedina

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