Opinión


Todos los ojos en una sola elección

Todos los ojos en una sola elección | La Crónica de Hoy

Uno de los temas que dominarán la escena política internacional en 2020 es el proceso electoral en Estados Unidos. En él no sólo se juega el futuro del país (todavía) más poderoso del mundo, sino también la manera en la que se articulará con el resto de las naciones, por lo que también influirá en todas ellas.

Desde hace años —al menos desde la llegada de Barack Obama a la presidencia y la aparición del Tea Party como oposición dura de derecha—, en EU se ha llevado a cabo un proceso de polarización política, que ha trastocado la manera como se decantan candidaturas y elecciones. En esa polarización, acelerada a partir del arribo de Donald Trump a la Casa Blanca, el partido demócrata se ha movido hacia la izquierda y el partido republicano, cada vez más hacia la derecha.

Tradicionalmente, los candidatos se disputaban el centro del espectro político, “los moderados”. Ahora el centro, como en tantos otros lados, parece desvanecerse. Según una encuesta reciente, sólo el 22% del electorado estadunidense se califica como moderado, pero la mayoría de ellos en realidad son tendencialmente demócratas, con posiciones progresistas en la mayoría de los temas. A la hora de hacer los cruces, resulta que sólo el 2.3% se autodefine como moderado, independiente e indeciso a la vez. 

Otro dato es que, muy de acuerdo con la lógica de este siglo, la identidad partidista está viniendo por delante de la identificación ideológica. De hecho, se ha constatado que muchos estadunidenses han cambiado sus puntos de vista sobre distintos temas, del aborto a la inmigración, de acuerdo con lo que perciben es la posición de su partido de preferencia.

Trump será, sin duda, el candidato republicano. Está convirtiendo a su partido —y, por tanto a quienes se identifican como republicanos— en su instrumento político personal. Hace tiempo que murió la posibilidad de una rebelión del aparato en contra del Presidente. Si el establishment republicano en 2016 no pudo evitar el ascenso de Trump —y pagó con ello su desliz derechista para evitar perder a quienes se radicalizaron en los años de Obama—, ahora está plegado a los caprichos y veleidades del magnate que les dio la victoria.

En la actualidad, Trump tiene la aprobación del 43% de los adultos estadunidenses registrados para votar, mientras que 53% está en contra. A primera vista uno pensaría que eso basta para suponer que está en grave desventaja electoral, pero eso no es cierto. Por un lado, en 2016 votó apenas el 54% de los electores registrados. Eso significa que si una buena parte de quienes reprueban a Trump decide no votar, el republicano puede reelegirse. Por el otro, el sistema electoral de EU, con votos electorales por estado, permite que un presidente sea electo sin tener la mayoría de los votos; basta con ganar apretadamente algunos estados clave y no importa si se pierde masivamente en otros. Así sucedió con Bush Jr. en 2000 y con Trump en 2016. Normalmente son desventajas mínimas, del orden de uno o dos puntos porcentuales de la votación.

Todo esto se traduce en que la parte interesante está en la definición del candidato demócrata. Si es uno capaz de incitar una alta participación ciudadana y si tiene pegue en los estados “púrpura” (aquellos en los que no está claro de antemano quién ganará), habrá cambio de partido en el gobierno. Si, en cambio, no genera demasiado entusiasmo o es rechazado en ese tipo particular de estados, habrá ­reelección presidencial.

El amplio grupo de candidatos demócratas se ha ido reduciendo en la primera parte de la campaña. En realidad sólo quedan cuatro finalistas, con otros tres que tienen posibilidades mucho muy remotas y un caso excéntrico no carente de interés.

Todavía a tres semanas de que inicie el proceso de selección, con el caucus de Iowa, el favorito es Joe Biden, quien fuera vicepresidente con Obama. Biden tiene a su favor ese legado, que lo ubica claramente por delante entre los afroamericanos, y el hecho de ser moderado, que es algo que suele gustar a los establishments partidistas. En su contra, que parece un hombre del siglo XX incapaz de entender los nuevos cambios, que es malo debatiendo y que el electorado demócrata se ha movido a la izquierda. Para los liberales tradicionales del mundo sería la mejor opción, porque su gobierno sería de libre comercio, controles suavizados y con menos reacciones peligrosas de botepronto como las de Trump.

El peligro con Biden es que cometa muchos errores en la campaña, que Trump lo aplaste con sus burlas (le llama Sleepy Joe) y no genere el entusiasmo necesario entre los demócratas más radicalizados, que vean en él “más de lo mismo”.

Bernie Sanders, a pesar de su edad, tiene gran popularidad entre los jóvenes. Es el único capaz de autodefinirse como socialista, y se expresa con claridad machacona sobre los temas que le interesan: la reforma al sistema de salud, el fin de las deudas universitarias (y la gratuidad en el sistema de educación superior) y una reforma fiscal que grave en serio a los más ricos. Es un candidato atractivo para la clase obrera del “cinturón del óxido” que se le volteó a Clinton en 2016, pero genera mucho nerviosismo si se toma en cuenta que, en la cultura política estadunidense, la palabra “socialismo” es un anatema.

Un eventual triunfo de Sanders significaría un cambio radical en la alineación mundial, con Estados Unidos moviéndose claramente hacia la izquierda, mientras que naciones europeas y Rusia lo hacen hacia la derecha. También implicaría graves tensiones y resistencias internas. Para México, más que afinidad ideológica —que no la hay—, el problema es que Sanders está contra el T-MEC, que a su juicio, afecta al obrero estadunidense. En cualquier caso, es un escenario interesantísimo.

Elizabeth Warren representa al ala tradicional de la izquierda liberal gringa. Sus posiciones son cercanas a las de Sanders, pero con la idea de “regular” al sistema más que la de crear un movimiento que cambie a fondo el sistema político. Su problema, que hasta ahora la única mayoría que ha podido tener consigo ha sido a los blancos con carrera universitaria. Está intentando ampliar su base a los hispanos, con el apoyo del excandidato chicano Julián Castro. Y a la hora de los cocolazos, si es candidata, tiene que evitar que la vean como la nueva versión de Hillary Clinton.

Pete Buttigieg es un candidato del ala moderada del partido que tiene muy buen discurso, pero que tampoco ha podido ir más allá de una base muy blanca. Sería opción de esa ala si Joe Biden se desinfla en las elecciones primarias. Uno de sus problemas si es candidato: superar los prejuicios antigay de buena parte del electorado.

Quedan en la liza dos multimillonarios, que se ven a sí mismos como opción in extremis si falla Biden y que han gastado mucho en anuncios de TV: Michael Bloomberg y Tom Steyer. También una senadora moderada, que la libró bien en los primeros debates: Amy Klobuchar. Finalmente, un empresario, Andrew Yang, que apela de manera singular al hecho de que la automatización hará perder millones de empleos en un futuro no lejano.

Las más recientes encuestas tienen a Biden, Bloomberg, Sanders y Buttigieg ligeramente arriba de Trump, y a Warren un punto abajo. A Sanders le va bien en los estados industriales que Clinton perdió; a Biden, en Florida. Todavía faltan 10 meses. Pero esa carrera apasionante y relevante va a estar dura.

 

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