Bernardo Esquinca - Rogelio Vega | La Crónica de Hoy - Jalisco
Facebook Twitter Youtube Martes 16 de Julio, 2019
Bernardo Esquinca | La Crónica de Hoy - Jalisco

Rogelio Vega

Bernardo Esquinca

Tenía mucho tiempo sin visitar las librerías del centro, los pendientes y asuntos varios me habían alejado por muchísimos meses de los oscuros locales de Libertad y López Cotilla, y un pretexto, la idea de regalar a papá un libro de una serie famosa, me dio la oportunidad de retomar lo que años atrás, en mis días de carrera y universidad, se volvió una costumbre y pasatiempo.

En una de ellas, en mi última parada y por pura intervención del vendedor, me hice con una copia de “Los niños de paja”, recopilación de cuentos del tapatío Bernardo Esquinca.

Y sí, reconozco aquí la decidida intervención del dueño: yo estaba a punto de salir del local y él, que ya me conoce, se ofreció a enseñarme unos libros de terror y ciencia ficción que, por desconocida razón, guardaba en la trastienda.

Desde luego dije que sí y aguardé por el hombre que, sin importar la larga distancia entre mis visitas, puedo encontrar, siempre, dibujando una y otra vez los mismos vitrales. En la pila venía el título de Esquinca a quien, reconozco, no he leído tanto como se debe. Ya es justo, me reprendí y se unió en selección a otro par de autores más.

“Los niños de paja” reúne nueve cuentos; cuentos cortos de terror y horror que deben ser leídos, quizá, bajo una peculiar advertencia: se construyen desde lo sutil, desde la economía de lo insinuado y no dicho; algo así, pienso, como las finas telarañas: que son peligrosas por la ilusión de existir y no hacerlo.

Y así se quedan con uno estas breves historias (a excepción de la última que es más larga y da título al ejemplar), pegados como las redes casi fantasmas que tienden los arácnidos: abren con un misterio, con una idea que resulta atractiva y deslumbrante, con una premisa incómoda de concebir y, quizá, de seguir, pero ahí vamos los lectores, de boca, morbosos e hipnotizados.

El problema es, sí, lo intempestivo de sus desenlaces: damos los pasos y sentimos los lazos hasta el final, nos atraviesan el rostro y apenas podemos identificarlos. ¿Qué sucedió exactamente? ¿Sucedió lo que creo que sucedió?

Y las manos van al rostro a buscar el insecto que quizá, quizá no, aprovechó la oportunidad para hacernos su presa.

Advertencia o promesa, tomen ustedes sus providencias. Yo tomé ya la decisión de leer un poco más… 

 

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